El trauma no es siempre lo que creemos

Una mirada amorosa hacia nuestras heridas de infancia

La palabra trauma suele asustar.
Nos remite a algo oscuro, a historias de dolor extremo, a experiencias que “solo les pasan a otros”. Pero la realidad es que el trauma no es una rareza ni una excepción. Es parte de la experiencia humana.

El trauma no siempre es una gran herida visible; a veces es una sutil grieta en el alma que se formó cuando algo nos dolió y no tuvimos el acompañamiento que necesitábamos para sostenerlo.

 

¿Qué es realmente el trauma?

Desde una mirada amorosa, podemos entender el trauma como una herida emocional que supera la capacidad del niño o la niña para procesar lo que está viviendo.
Cuando algo nos sobrepasa —ya sea un hecho puntual o una acumulación de pequeñas frustraciones o carencias—, nuestro sistema nervioso se activa para protegernos: desconectamos, bloqueamos emociones o tratamos de adaptarnos para no perder el amor y la seguridad que necesitamos.

En la infancia, dependemos completamente de nuestros cuidadores. Si ellos no están disponibles emocionalmente, si no pueden vernos, sostenernos o validar nuestras emociones, aprendemos algo muy doloroso: que nuestros sentimientos no son seguros. Y cuando eso pasa, parte de nosotros se desconecta de lo que siente para poder seguir perteneciendo.

Eso, en esencia, es trauma: una desconexión interior que nace del intento de sobrevivir emocionalmente.

 

No hace falta que haya pasado “algo muy grave”

Durante mucho tiempo se pensó que solo las experiencias extremas —como el abuso, el maltrato o la violencia— podían generar trauma. Pero hoy sabemos que también pueden ser traumáticas experiencias mucho más sutiles, repetidas en el tiempo, que hieren la autoestima o la sensación de seguridad.

Por ejemplo:

  • Crecer en un hogar donde no se expresaban emociones.

  • Ser comparado constantemente con otros.

  • Sentir que había que “portarse bien” para ser amado.

  • Escuchar frases como “no llores”, “no fue para tanto” o “los niños grandes no se enojan”.

  • Tener padres ausentes, distraídos o demasiado exigentes.

Estas situaciones, que muchos considerarían “normales”, pueden dejar una huella profunda en el desarrollo emocional de un niño. No porque sean malintencionadas, sino porque generan soledad emocional: el niño siente que debe esconder lo que siente para no perder el amor o la aprobación.

Y cuando un niño tiene que renunciar a su verdad para ser amado, algo en él se rompe, aunque siga sonriendo.

 

El cuerpo y la mente guardan todo

El trauma no se mide por la magnitud del evento, sino por cómo se vivió internamente. Dos personas pueden vivir la misma experiencia, pero solo una desarrollar trauma, dependiendo de los recursos emocionales y del apoyo que recibió.

Cuando un niño no puede procesar una emoción intensa, esa energía queda “congelada” en su cuerpo.

 
Años después, puede manifestarse como:

  • ansiedad sin causa aparente,

  • dificultad para confiar o relajarse,

  • miedo a ser abandonado,

  • tendencia a complacer a los demás,

  • o incluso síntomas físicos como tensión, fatiga o enfermedades autoinmunes.

El cuerpo recuerda lo que la mente olvidó.
Y ese recuerdo no pide castigo, sino comprensión.

 

Comprender no es culpar

Es importante aclarar algo: entender el trauma no es señalar culpables.
La mayoría de los padres hicieron lo mejor que pudieron con los recursos que tenían. Muchos también cargaban sus propias heridas no resueltas.

Hablar del trauma no es para juzgar el pasado, sino para liberarnos del silencio.
Cuando comprendemos lo que nos pasó, podemos dejar de repetirlo.
Podemos mirar con ternura al niño que fuimos, entender sus miedos, y ofrecerle hoy el cuidado que entonces faltó.

 

Un nuevo modo de mirarnos

Reconocer nuestras heridas no nos hace débiles, nos hace humanos.
El trauma no es una sentencia, sino una historia que espera ser escuchada con amor.
Cada vez que nos atrevemos a mirar nuestro dolor con comprensión en lugar de juicio, algo en nosotros empieza a sanar.

A veces, sanar no significa “superar el pasado”, sino hacer las paces con él. Darnos permiso para sentir lo que antes no pudimos sentir. Y permitir que la ternura reemplace al miedo.

Porque cuando aprendemos a mirarnos con amor, el trauma deja de definirnos.
Y empieza, poco a poco, a transformarse en sabiduría.

 

En la próxima entrega de esta serie exploraremos cómo esas heridas invisibles de la infancia pueden manifestarse en nuestra vida adulta , en el cuerpo, en la conducta, en la gestión de las emociones y cómo empezar a reconocer sus señales con compasión.

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