El trauma infantil: una herida invisible que todos llevamos

(Introducción a una serie de tres partes)

Cuando escuchamos la palabra trauma, solemos imaginar algo muy grave: maltrato, abuso, accidentes o pérdidas profundas. Pensamos que “tener trauma” significa haber vivido una experiencia extrema. Sin embargo, con el paso del tiempo y gracias a la psicología moderna, hemos comprendido que el trauma no siempre tiene que ver con grandes tragedias.

A veces, el trauma nace del silencio. De lo que no pasó. De lo que no se dijo. De una mirada que no nos sostuvo cuando más la necesitábamos.
Puede estar en esa sensación de no haber sido vistos, en el miedo a molestar, en el sentimiento de no ser suficientes.

El trauma infantil no siempre se origina en algo que ocurrió, sino en la falta de acompañamiento emocional para procesar lo que sí ocurrió. Cuando éramos pequeños, no teníamos recursos para entender, defendernos o expresar lo que sentíamos. En esos momentos, el cuerpo y la mente hicieron lo que pudieron para sobrevivir. Esas estrategias de supervivencia —que de niños fueron necesarias— a menudo se transforman, en la adultez, en ansiedad, depresión, dificultad para confiar, adicciones, o enfermedades físicas que parecen no tener explicación.

Hablar del trauma no es quedarnos atrapados en el pasado ni buscar culpables.
Es mirarnos con ternura, entender que muchas de las cosas que nos duelen hoy tienen una raíz más profunda, y que esa raíz merece ser comprendida, no juzgada.

El trauma no nos define, pero sí nos habita hasta que lo miramos con compasión.
Y cuando lo hacemos, algo dentro de nosotros empieza a descansar.

 

¿Por qué hablar de trauma?

Porque durante mucho tiempo se nos enseñó a minimizar el dolor:
“Eso ya pasó.”
“Hay gente que la pasó peor.”
“Tu infancia fue normal.”

Y sin embargo, algo dentro de nosotros sigue repitiendo los mismos patrones, atrayendo el mismo tipo de relaciones, sintiendo el mismo vacío o la misma culpa.

Hablar del trauma es darle voz a lo que se quedó sin palabras.
Es reconocer que nuestra historia emocional influye en nuestra salud física, en nuestra forma de amar, en cómo nos relacionamos con el mundo.
Y es, sobre todo, una manera de dejar de pelear con nosotros mismos y empezar a comprendernos.

 

Una serie para mirar con amor lo que fuimos

He querido dedicar tres publicaciones a este tema porque el trauma infantil es una raíz que atraviesa muchas áreas de la vida, y merece ser abordado con calma, respeto y profundidad.

  • En la primera parte, hablaremos de qué es realmente el trauma y por qué no siempre implica hechos graves o violentos.

  • En la segunda parte, exploraremos cómo esas heridas tempranas pueden manifestarse en nuestra vida adulta: en el cuerpo, en la conducta y en la mente.

  • Y en la tercera, reflexionaremos sobre la importancia de hablar del trauma, incluso cuando incomoda, y cómo hacerlo con sensibilidad y cuidado puede transformar el proceso terapéutico y humano.

 

Una invitación a la ternura

Esta no es una serie sobre el dolor, sino sobre la esperanza.
Sobre cómo entender lo que nos pasó puede abrir un espacio de amor hacia nosotros mismos.
Sobre cómo mirar con compasión a ese niño o niña interior que solo necesitaba sentirse seguro, visto y querido.

Te invito a leer esta serie no desde la mente, sino desde el corazón.
A dejar que las palabras lleguen a donde tengan que llegar, sin forzar nada.
Porque sanar no siempre implica recordar, sino reconectar: con nosotros, con nuestro cuerpo, con nuestra historia y con la posibilidad de vivir con más ligereza.

A veces el simple acto de comprendernos ya es un gesto de amor.

 

 

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