Cuando el cuerpo recuerda
Las huellas del trauma infantil en la vida adulta
Nuestro cuerpo tiene memoria.
No una memoria de palabras o imágenes, sino una memoria silenciosa, profunda, que se expresa a través de sensaciones, tensiones, reacciones y síntomas.
A veces creemos haber dejado el pasado atrás, pero el cuerpo sigue contando una historia que la mente quiso olvidar.
Esa historia se llama trauma, y aunque haya ocurrido en la infancia, sigue viva en la manera en que respiramos, en cómo nos relacionamos, en los miedos que nos acompañan o en el cansancio que no se va.
El cuerpo habla cuando las palabras no alcanzan
Cuando éramos niños, muchas veces no teníamos el lenguaje ni la contención para expresar lo que sentíamos. No sabíamos decir “tengo miedo”, “me siento solo” o “esto me duele”.
Entonces, el cuerpo habló por nosotros:
con el estómago cerrado, con tensión en el pecho, con llanto contenido.
Con el tiempo, aprendimos a funcionar, a sonreír, a seguir adelante. Pero esas emociones que no se procesaron quedaron guardadas, congeladas en el sistema nervioso.
Años después, pueden aparecer como:
ansiedad sin motivo aparente,
hipervigilancia (estar siempre en alerta),
dificultad para relajarse o dormir,
sensación constante de peligro, aunque todo parezca estar bien.
El cuerpo recuerda lo que la mente olvidó para protegernos.
Y por eso, sanar implica muchas veces volver al cuerpo, escucharlo, reconectar con él sin miedo.
El trauma no se queda en el pasado
Una de las grandes confusiones sobre el trauma es creer que “ya pasó”.
El trauma no está en el evento, sino en cómo ese evento quedó registrado en nuestro sistema nervioso.
Mientras esa huella siga activa, el cuerpo reacciona como si el peligro aún estuviera presente.
Por eso, una situación cotidiana —una mirada, una crítica, una sensación de soledad— puede disparar una respuesta desproporcionada: ansiedad, rabia, parálisis o tristeza profunda.
No estamos reaccionando al presente, sino a una herida antigua que el cuerpo acaba de reconocer.
Las tres huellas del trauma: cuerpo, conducta y mente
El trauma infantil deja marcas en diferentes niveles, muchas veces entrelazadas.
1. En el cuerpo
El cuerpo puede manifestar lo no expresado a través de:
tensión muscular crónica,
problemas digestivos,
migrañas,
enfermedades autoinmunes,
fatiga constante.
Son formas del cuerpo de decir “algo me pesa”, “algo no fue procesado”.
No se trata de culpar al cuerpo, sino de escucharlo con respeto: detrás de cada síntoma hay una historia que pide ser atendida.
2. En la conducta
Las respuestas adaptativas que de niños nos ayudaron a sobrevivir, de adultos pueden volverse patrones de sufrimiento:
necesidad de control o perfeccionismo,
dificultad para poner límites,
miedo al conflicto,
dependencia emocional,
adicciones o conductas compulsivas.
No son defectos. Son estrategias antiguas, creadas para protegernos del dolor.
Cuando entendemos eso, dejamos de juzgarnos y empezamos a sanar desde la comprensión.
3. En la mente y las emociones
El trauma puede manifestarse como:
depresión o ansiedad,
sensación de vacío o desconexión,
dificultad para confiar,
una autocrítica constante,
miedo a sentir o a vincularse.
La mente intenta mantenernos a salvo, pero lo hace a costa de desconectarnos de lo que sentimos.
Sanar implica reconciliar mente, cuerpo y emoción; permitir que lo que antes se reprimió tenga, al fin, un lugar seguro para expresarse.
No es debilidad, es una respuesta de supervivencia
Una de las formas más bellas de mirar el trauma es entender que fue una respuesta inteligente del cuerpo y la mente para sobrevivir.
Nada en nosotros está “roto”: simplemente nos adaptamos como pudimos ante lo que nos dolía.
Esa ansiedad que hoy molesta, esa necesidad de control, esa tendencia a desconectarnos, alguna vez fueron mecanismos de defensa que nos mantuvieron a salvo.
Mirarlas con ternura es el primer paso para transformarlas.
Sanar es volver al cuerpo con amor
La buena noticia es que el trauma puede sanar.
El cerebro y el cuerpo tienen una capacidad inmensa de recuperación cuando se sienten seguros.
Sanar no siempre implica revivir el dolor, sino crear nuevas experiencias de seguridad y conexión.
A través de la terapia, del movimiento consciente, del contacto con la respiración, del vínculo humano, podemos enseñarle al cuerpo que ya no está solo, que ya no hay peligro.
Sanar es un proceso lento y compasivo, no una carrera.
Es volver a casa, poco a poco, habitando nuestro cuerpo con más calma, más ternura y menos miedo.
En la próxima y última parte de esta serie hablaremos del silencio: por qué muchas veces evitamos hablar del trauma, incluso en el ámbito terapéutico, y cómo abrir ese espacio de diálogo con respeto puede ser un acto profundo de sanación.