¿Y si algunas de las sensaciones que te acompañan desde siempre no empezaron en tu infancia… sino mucho antes?

Durante años muchas personas buscan respuestas a lo que sienten:
la ansiedad constante, el miedo al abandono, la sensación de vacío, la dificultad para sostener relaciones, la necesidad de esconderse, el cansancio profundo, el sentirse “incompletos”, el vivir siempre en alerta o incluso ciertos patrones repetitivos en la vida.

Y normalmente intentamos comprenderlo desde la mente adulta:
la historia familiar, la infancia, las relaciones, el estrés, los traumas vividos…

Pero a veces existe una experiencia muchísimo más temprana que suele pasar desapercibida:
el fenómeno del gemelo perdido o gemelo evanescente.

Hoy se sabe que muchos embarazos comienzan siendo múltiples, aunque uno de los embriones no llegue a desarrollarse y desaparezca muy temprano durante la gestación.
La mayoría de las veces esto ocurre sin que la madre llegue siquiera a saberlo.

Y aunque nuestra mente consciente no pueda recordarlo, el cuerpo sí pudo vivir aquella experiencia.

Porque antes de pensar… ya sentíamos.

El sistema nervioso del bebé ya percibe sensaciones, cambios, presencia, ausencia, tensión, movimiento, ritmos y estados emocionales mucho antes de que exista memoria consciente.

Por eso, algunas personas que exploran esta vivencia describen sensaciones muy profundas y difíciles de explicar racionalmente:
una tristeza antigua, miedo intenso a perder a los demás, sensación de no pertenecer del todo, culpa por existir, necesidad constante de buscar a alguien, dificultad para ocupar espacio, miedo al éxito, hipervigilancia, relaciones de dependencia o vacío incluso estando acompañados.

No significa que todo venga de ahí.
Ni que todas las dificultades tengan un único origen.

Pero en muchas personas puede ser una pieza importante del puzzle.

Una experiencia muy temprana que dejó una huella corporal y emocional silenciosa.

Este fin de semana he tenido la oportunidad de asistir a un taller sobre Gemelo Solitario con Peter Bourquin y Ainhoa Barquin y ha sido profundamente revelador observar cómo muchas de las primeras creencias que construimos sobre nosotros mismos pueden surgir en momentos tan tempranos de la vida.

Creencias que no pensamos de forma consciente, pero que quedan impregnadas en el cuerpo:
“me van a abandonar”,
“estar aquí no es seguro”,
“si brillo puede pasar algo”,
“mejor no ocupar demasiado espacio”,
“tengo que salvar a los demás”,
“algo me falta”,
“no puedo relajarme”.

Y desde ahí comenzamos, sin saberlo, a construir patrones de relación, formas de adaptarnos y maneras de sobrevivir.

A veces pasamos años buscando respuestas fuera:
en la pareja, en el trabajo, en el reconocimiento, en el control, en la hiperactividad, en la necesidad de entenderlo todo…

Cuando quizás el cuerpo sigue intentando resolver una experiencia muchísimo más antigua.

Por eso siento que el trabajo terapéutico con el gemelo perdido no busca crear una etiqueta nueva, sino abrir una mirada más profunda y compasiva hacia nosotros mismos.

Entender que muchas reacciones no aparecen porque “estemos mal”, sino porque el cuerpo aprendió algo muy temprano sobre la pérdida, la supervivencia y el vínculo.

Y cuando eso se hace consciente, algo empieza a ordenarse.

Porque dejar de luchar contra uno mismo… también puede ser el inicio de la sanación.

Te invito a leer el libro “El gemelo solitario” de Peter Bourquin y Carmen Cortés

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Es momento de parar para escuchar