Es momento de parar para escuchar
Nos enseñaron a pensar, pero no a sentir.
A resolver problemas, pero no a reconocer nuestras emociones.
A callar, a seguir como si nada, a hacernos fuertes… mientras, poco a poco, dejábamos atrás quienes éramos.
Y eso no se queda en una idea bonita.
Se convierte sin darnos cuenta, en nuestra forma de vivir.
Nos levantamos ya cansados.
Miramos el móvil antes de sentirnos.
Vamos con prisa, encadenando tareas, cumpliendo, respondiendo, llegando a todo… menos a nosotros.
Decimos “estoy bien” cuando en realidad estamos saturados.
Normalizamos el estrés.
Ignoramos ese nudo en el pecho, esa presión en la cabeza, ese cansancio que no se quita durmiendo.
Seguimos.
Porque hay que seguir.
Aguantamos conversaciones que nos pesan.
Situaciones que nos superan.
Ritmos que no nos pertenecen.
Y cuando algo duele… lo tapamos:
con distracciones, con trabajo, con comida, con ruido, con más pensamiento.
Pero el cuerpo no se distrae.
El cuerpo registra cada tensión no expresada,
cada emoción contenida,
cada vez que te traicionas por no parar.
Y lo va acumulando.
Hasta que aparece la ansiedad.
El insomnio.
El agotamiento constante.
La sensación de estar desbordado… o completamente desconectado.
Y entonces nos preguntamos qué nos pasa.
Pero no es de repente.
Es repetido.
Es diario.
Es todo lo que no escuchaste a tiempo.
Vivimos muchas veces en piloto automático,
habitándonos a medias,
desconectados de lo que sentimos… hasta que ya no podemos ignorarlo más.
Y entonces el cuerpo habla más alto.
No para castigarte, sino para despertarte.
Y lo hace con síntomas cada vez más densos, mas dolorosos, que a veces llegan a convertirse en una enfermedad.
Quizás no necesitas ser más fuerte.
Quizás necesitas parar.
Parar para escuchar.
Parar para sentir.
Parar para volver a ti.