El duelo

Cuando una pérdida reciente despierta un duelo antiguo

Hay momentos en los que una muerte nos afecta con una intensidad que no comprendemos.

Puede tratarse de un compañero de trabajo, un conocido o incluso alguien con quien no manteníamos una relación especialmente cercana.

Y, sin embargo, aparece una tristeza profunda.

Pensamientos recurrentes sobre la muerte.

Recuerdos.

Imágenes de personas que perdimos hace muchos años.

Y surge una pregunta:

¿Por qué me está afectando tanto?

Una posible explicación es que esa pérdida reciente haya tocado una experiencia anterior.

Nuestro cuerpo no guarda solamente los acontecimientos que hemos vivido. También guarda asociaciones: determinadas edades, circunstancias, sensaciones, imágenes y emociones pueden quedar vinculadas a experiencias importantes de nuestra historia.

Por ejemplo, la muerte inesperada de una persona joven puede despertar el recuerdo de un hermano que también murió prematuramente muchos años atrás.

Quizá nuestra mente no establece inmediatamente la relación.

Pero algo dentro de nosotros sí la reconoce.

La juventud, lo repentino.

La impotencia, la sensación de injusticia.

El “todavía no”, el “era demasiado pronto”.

Y entonces el dolor de hoy se encuentra con el dolor de ayer.

No significa que aquel duelo estuviera mal hecho, es importante entender esto.

Cuando una pérdida antigua vuelve a doler, no significa necesariamente que no hayamos elaborado aquel duelo.

Los duelos no son procesos lineales que un día terminamos y dejamos definitivamente atrás.

La ausencia se va integrando en nuestra historia, aprendemos a vivir con ella.

Pero determinados acontecimientos pueden volver a acercarnos emocionalmente a aquella persona.

Una fecha, una enfermedad, una edad, una canción, una despedida, otra muerte.

Podemos haber construido una vida plena y, aun así, volver a sentir tristeza, cuando el presente toca al pasado.

En lugar de intentar frenar inmediatamente lo que sentimos, puede ser útil reconocer qué está ocurriendo:

“Hay una parte de esta tristeza que pertenece a la pérdida de hoy y otra que está relacionada con aquella persona que perdí.”

Poner palabras permite diferenciar.

Después podemos llevar nuestra atención al cuerpo y preguntarnos:

¿Dónde siento esta tristeza?

¿En el pecho?

¿En la garganta?

¿En el estómago?

¿Hay presión, vacío, tensión, ganas de llorar?

Y simplemente permanecer unos instantes junto a esa sensación, no para hacerla desaparecer.

Para escucharla.

Quizá podamos preguntarnos también:

¿Qué me recuerda esta muerte?

Tal vez aparezca algo que entonces no pudo tener suficiente espacio.

Una despedida pendiente, una conversación que nunca ocurrió, rabia, impotencia, amor.

O simplemente la necesidad de echar de menos a alguien durante un rato.

Cada persona en su lugar

Cuando dos duelos se encuentran, puede ayudarnos diferenciarlos.

La persona que acaba de morir tiene una historia con nosotros y aquella persona que perdimos hace años tiene otra.

Podemos reconocer ambas.

Podemos incluso escribir dos pequeños textos.

A quien acaba de morir:

“Tu muerte ha despertado recuerdos y emociones que pertenecen también a otra pérdida de mi vida.”

Y a quien perdimos:

“Estos días he vuelto a encontrarte dentro de mí. Quizá había algo que todavía necesitaba decirte, sentir o recordar.”

No se trata de quedarse en el pasado.

Se trata de permitir que aquello que vuelve encuentre un lugar.

Porque recordar no significa retroceder y

Y volver a llorar a alguien tampoco significa que hayamos vuelto al principio.

A veces simplemente significa que seguimos amando.

Y quizá una de las preguntas más importantes cuando una pérdida nos desborda no sea:

“¿Por qué me afecta tanto esta muerte?”

Sino:

“¿Qué otra despedida está tocando dentro de mí?”

Este video nos puedo dar un poco más de información

https://youtu.be/yK9yOtLrUbA

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¿Y si algunas de las sensaciones que te acompañan desde siempre no empezaron en tu infancia… sino mucho antes?