5/9 La brecha entre lo que sentimos y lo que mostramos

Hay una distancia dentro de nosotros que pocas veces nombramos, una distancia silenciosa pero palpable, una distancia que desgasta, confunde y nos hace sentir que vivimos “a medias”.

Es la brecha entre lo que sentimos y lo que mostramos.

No nació en la adultez, no nació cuando aprendimos a usar máscaras sociales, no nació cuando queríamos quedar bien.

Nació mucho antes, nació cuando ese niño que fuimos descubrió que mostrar su mundo interno no era seguro.

 

1. Cuando lo que sentimos no tuvo lugar, aprendimos a ocultarlo

De niños, nuestras emociones eran abiertas, intensas y espontáneas, pero si esas emociones recibieron respuestas como:

  • “No llores.”

  • “Así no.”

  • “No exageres.”

  • “No seas sensible.”

  • “No pasa nada.”

  • “No molestes.”

entonces aprendimos algo fundamental para sobrevivir: Sentir era peligroso, pero mostrarlo, aún más.

El resultado fue una adaptación automática: Empezamos a sentir una cosa y a mostrar otra.

 

2. Así nació la doble vida emocional

El niño guarda dentro su tristeza, miedo, rabia o necesidad y hacia afuera muestra:

  • calma, obediencia, fortaleza, madurez, silencio o una sonrisa.

Se crea una vida interna, caótica e intensa y una vida externa, controlada y aparentemente tranquila.

Ese fue el comienzo de la brecha emocional.

 

3. Con el tiempo, esa brecha se convierte en un personaje

Cuando esa estrategia se repite durante años, el yo externo se vuelve un personaje:

El fuerte.

El que nunca llora.

El que siempre puede.

El que no necesita.

El que cuida a todos.

El que no molesta.

El que siempre está bien.

Pero ese personaje no nació de la autenticidad, nació del miedo.

Protege… pero también aprisiona.

 

4. El precio de vivir desconectados por dentro

La brecha se nota en la adultez como:

  • decir “estoy bien” cuando no lo estamos

  • dificultad para identificar lo que sentimos

  • vacío emocional

  • tensión constante

  • ansiedad sin causa aparente

  • incapacidad para pedir ayuda

  • dificultad para llorar

  • desconexión con el cuerpo

  • sentir que “algo falta”

  • miedo a mostrarnos vulnerables

  • vivir para los demás, no para uno mismo

Y lo más doloroso es esto:

Intentamos que los demás nos conozcan, pero no mostramos lo que sentimos.
Intentamos que nos amen, pero escondemos lo que somos.

 

5. La brecha alimenta ansiedad, tristeza y desconexión

Cuanto más grande es la distancia entre sentir y mostrar, más caótico se vuelve el mundo interno:

  • la emoción reprimida se convierte en ansiedad

  • la tristeza no expresada se convierte en cansancio

  • la rabia no reconocida se convierte en tensión

  • las necesidades no dichas se convierten en frustración

  • la vulnerabilidad escondida se convierte en soledad

No es que tengamos demasiadas emociones, es que tenemos demasiadas emociones no expresadas.

 

6. No mostramos lo que sentimos por miedo

No es falta de voluntad, no es inmadurez, no es frialdad, es miedo.

Miedo a:

  • decepcionar

  • ser un problema

  • parecer “débiles”

  • perder a alguien

  • no ser comprendidos

  • que nos juzguen

  • sentir demasiado

  • sentir otra vez aquello que dolió

  • volver a estar solos con emociones intensas

Mostrarnos implica poner en riesgo la protección que nos salvó de pequeños.

 

7. El camino de regreso: cerrar la brecha

La buena noticia es esta: lo que se aprendió, se puede desaprender.

Cerrar la brecha no significa exponernos de golpe, significa hacerlo poco a poco, permitir que el mundo interno tenga lugar afuera:

  • decir una verdad pequeña

  • pedir algo sencillo

  • admitir una emoción básica

  • expresarnos con una persona segura

  • permitirnos llorar cuando lo necesitamos

  • reconocer nuestras necesidades

  • ser honestos con nuestro malestar

  • escuchar nuestro cuerpo

  • dejar caer una parte del personaje

Cada pequeño acto de coherencia emocional une nuestros mundos internos.

 

RECURSOS: ¿Cómo empezar a cerrar la brecha emocional?

 

1. Microactos de honestidad emocional

Empieza con frases suaves:

  • “Hoy me siento un poco removido.”

  • “No estoy al 100%.”

  • “Me afectó más de lo que pensé.”

Pequeños pasos son grandes integraciones.

 

2. Permitir la emoción sin justificarla

No expliques tanto, significa, sentir, nombrarlo y permitirlo.

3. Identificar tu personaje emocional

¿Eres el fuerte? ¿El perfecto? ¿El complaciente? ¿El silencioso?

Nombrarlo te ayuda a diferenciarte de él.

 

4. Traer una emoción a la superficie cada día

Una, aunque pequeña pero reconociendola.

5. Practicar vulnerabilidad en entornos seguros

No se trata de abrirte con cualquiera, sino de elegir personas que escuchan.

 

6. Escribir lo que sientes y lo que muestras

Dos columnas: Tu mundo interno y tu mundo externo.
Tu verdad empezará a aparecer.

 

7. Trabajar con el cuerpo

El cuerpo muestra lo que la mente oculta, escúchalo y siente sus tensiones, sus bloqueos.

8. Terapia para integrar partes fragmentadas

Nadie debería cerrar esta brecha solo, sentirse acompañado, sostenido y protegido nos ayuda en este camino.

 

En el próximo post: “Cómo podemos reconectar con nuestras emociones”

Ahora que hemos explorado la brecha entre lo que sentimos y lo que mostramos, llega uno de los pasos más importantes de este viaje:

aprender a volver a nuestro mundo interno, a escuchar nuestras emociones y a sentir de forma segura.

 

Anterior
Anterior

6/9 Como podemos reconectar con nuestras emociones.

Siguiente
Siguiente

4/9 Cómo los miedos de la infancia se transforman en ansiedad en la edad adulta